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VOLVER A LA VIDA ORDINARIA

Han terminado las vacaciones. Como decíamos a fines de junio pasado al entrar en ellas, son —y esperamos que así hayan sido— una ocasión muy especial para vivir experiencias diferentes en circunstancias diferentes de la mayor parte de la vida ordinaria, pero en el mismo contexto de la vida familiar, religiosa, individual y comunitaria, para crecer integralmente como personas alegres, libres y siempre responsables, en el gozo de la convivencia y la recreación en el entorno de la naturaleza y las diversas expresiones de las culturas. Seguramente no faltaron los momentos de encuentro personal y familiar con el Creador en la oración, pues no conviene que las cosas del mundo tan noble y hermoso que Dios nos regala a manos llenas, nos impidan una relación permanente con nuestro Padre, como garantía de una relación profunda y gratificante entre nosotros.

Pero estamos de regreso, al lugar de donde nos alejamos un poco para volver a valorar y a aprovechar la realidad que tenemos permanentemente para crecer y madurar en la vida comunitaria, entre proyectos, ideales y dificultades y afanes de cada día. Volvemos a la realidad donde transcurre la mayor parte de nuestra vida con sus éxitos y sus fracasos que nos hacen apreciarla como desafiante tarea ordinaria. Donde podemos compartir la vida en el amor que da y recibe. Ese contexto real e ineludible es el de trabajo, la escuela y en fin la vida social, con su múltiple variedad de formas y niveles de relaciones, en la que nos movemos como individuos o como familia, incluida la Iglesia, comunidad de fe a la que pertenecemos.

En el ámbito de la comunidad eclesial, volvemos a la comunidad parroquial a la que pertenecemos. En donde caminamos juntos compartiendo la fe, la esperanza y el amor de hermanos unidos por el Hermano Mayor, el Señor Dios y Hombre que nos acompaña y nos lleva adelante en la vida. Es en la comunidad parroquial donde nos nutrimos de la Palabra, tanto en la Eucaristía y los demás sacramentos, como en otros medios entre los que se encuentra la Catequesis en sus diferentes modalidades. En la catequesis compartimos la fe cuando, iluminados por la Palabra y la tradición de la Iglesia, participamos desde nuestra vida en el deseo de conocer, amar y obedecer cada vez más profundamente a Dios para agradarlo, alabarlo, bendecirlo, y darle gracias en el culto litúrgico de cada domingo, así como en la práctica de la caridad.

En las diversas formas de catequesis nos reunimos para escuchar a Dios, por medio de su Hijo y animados por su Espíritu para entender y valor nuestra pertenencia al pueblo de Dios que es la Iglesia en su misterio y su misión en el mundo. En la catequesis, por eso, entendemos también nuestra propia vocación a ser hijos de Dios e instrumentos de salvación para los que no lo conocen, o no viven de acuerdo con el proyecto misericordioso de Dios: que todos los hombres se salven. Es decir, solo a partir de una reflexión permanente, compartida, vivida y celebrada en la oración comunitaria de la catequesis podemos ir descubriendo, por un lado, el llamado a ser hijos de Dios y por otro, el sentido misionero de nuestra participación en el misterio de Cristo que quiere la salvación de todos y en la que todos los bautizados estamos llamados y enviados a cooperar.

Esta es la vida ordinaria de la comunidad creyente: aprender a conocer y luego hacer que otros conozcan al verdadero Dios que se nos revela en su Hijo Jesucristo para que todos alcancen la salvación, en esto cosiste la misión de la Iglesia. En ella descubrimos nuestra identidad cristiana: ser discípulos y misioneros; Nuestra identidad de creyentes es la misma que la de la Iglesia; es lo que da sentido y valor a su ser. De esta misión participamos todos los bautizados. Y para conocerla y asumirla todos y cada uno de los que hemos sido asociados al misterio salvador de Cristo mediante el bautismo, es por lo que necesitamos permanentemente estar catequizándonos.

Esto quiere decir, entonces que la necesidad de la catequesis es prácticamente de toda la vida. Si afirmamos en general que nunca terminamos de aprender, esto mismo lo tenemos que aceptar, y con mayor razón, de todo lo que concierne a nuestra vida en relación con Dios y su proyecto de salvación. A partir de esta sencilla reflexión hemos de entender que es necesario que nos convenzamos de que no tiene sentido tener en la mente que la catequesis se puede reducir a unos cursos de algunos años para los niños que van a recibir algún sacramento. Es muy importante que entendamos que la catequesis es para toda la vida, como formación permanente que nunca termina. Es mejor, entonces que entendamos, aceptemos y asumamos su realidad como un proceso y no solo como un requisito para recibir la confirmación, la primera comunión, el matrimonio o eventualmente el bautismo. Con esta mentalidad volvamos a la rutina de nuestra comunidad parroquial, para que todos sus miembros, tanto niños como adolescentes, jóvenes y adultos, sigamos creciendo; compartiendo la experiencia de la fe. Ojalá este nuevo ciclo, que coincide con el escolar, todos los grupos que existen en nuestra parroquia se vean incrementados con nuevos participantes que quieran conocer más la fe que hemos recibido como tarea cuando fuimos bautizados.

¡Bienvenidos todos a la catequesis!

Pbro. José Luis Herrera Martínez

Coordinador de la Pastoral Profética del IV Decanato





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